|
.

Editorial
La Nación, en Estado
La
gran noticia de los últimos meses, el gran suceso del que se hicieron eco
todos los medios de comunicación y del que se dieron los más mínimos
detalles, como si fuese el gran acontecimiento si no del siglo sí, al
menos, del año, fueron las sesiones parlamentarias en las que los padres
de la patria –en algún caso esta denominación, como diría Trillo, manda
güevos- debatieron el estado de la nación.
Una
nación que, a través de periódicos, radios y televisiones, también miraba
esperanzada hacia el palacio de Las Cortes para saber cuál era el
diagnóstico que nuestros mandamases nos daban.
Y el
mensaje, envuelto en brillante papel de colorines, no podía ser más
lisonjero : el país marcha viento en popa y a este ritmo pronto saldremos
de la crisis y nos podremos codear con cualquiera de nuestros vecinos sin
temor ni siquiera la dudosa aventura del euro ni a la no menos inquietante
amenaza de Maastricht.
Bravo. Viva. Pero el sufrido ciudadano de a pie, tras escuchar, al
principio, ilusionado el veredicto, no tardó más de unos segundos en
reaccionar y preguntarse sobre el estado de qué nación habían debatido, a
precio de oro, nuestras más insignes mentes.
Porque, a la hora de la verdad, lo bien cierto es que el mercado no se
mueve o, en el mejor de los casos, lo hace con más lentitud que un caracol
reumático. ¿Dónde está la reactivación de la economía? ¿Dónde el halagüeño
panorama que nos pintan?
Sí
que parece cierto que vivimos un momento en el que se puede llegar a esas
expectativas que ahora nos venden como verdaderas pero no es menos cierto
que para llegar a ese ideal de punto de partida –porque esa es otra, lo
que buscamos es empezar de cero- no parece que se den todavía las
circunstancias que lo propicien. De momento, la nación lo que parece estar
es en estado. Ojalá que no sea el parto de los montes.
 |