Las últimas declaraciones de la ministra de Sanidad, Trinidad Jiménez, en el sentido de aumentar los efectos de la vigente ley del tabaco, prohibiendo su consumo en todos los lugares públicos, incluidos bares y restaurantes, no ha hecho sino aplicar una nueva vuelta de tuerca a la economía del pequeño comercio.

Pero que conste que los quiosqueros españoles hemos sufrido a partir de la aplicación de la vigente ley “antitabaco” la primera vuelta de tuerca en el ahogo de nuestros pequeños comercios. Con la entrada en vigor de la ley y su posterior modificación –desafortunada a todas luces por su imprecisión– la mayoría de los puntos de venta de prensa de España hemos sufrido una pérdida de afluencia de clientela, tan cuantiosa, que ha sido el mayor palo que ha soportado nuestro sector en toda su existencia. Conviene recordar, una vez más, que el único colectivo de la distribución del tabaco que ha salido perjudicado con la famosa ley antitabaco ha sido el quiosquero. Los quioscos de vía pública han tenido que hacer frente a inversiones en máquinas para su distribución y los quioscos de planta baja –mayoritarios en muchísimas ciudades– han sido, sencillamente, apartados de su venta.

Son muchos los argumentos que los quiosqueros tenemos para protestar por la injusticia de la que hemos sido objeto con relación a la discriminación en la venta de tabaco. Partiendo de la base de que consideramos que el tabaco es nocivo para la salud –nadie lo discute– lo que no podemos consentir es que su distribución y venta sea selectiva en el ámbito comercial. Si un producto es tan nocivo como para luchar contra él desde la administración, pues que se prohíba totalmente. Pero si no es así, cualquier modificación o selección en su distribución es la mayor contradicción para lo que supone una economía de libre comercio.

Ahora parece ser que se va a intensificar la prohibición del consumo de tabaco en determinados lugares, tal y como ha declarado la ministra de Sanidad. Los quiosqueros seguimos pendientes de que se nos devuelva la capacidad de venta de un producto que hasta ahora vendíamos y que como consecuencia de ello se nos ha recortado –hasta la asfixia– la afluencia del cliente tradicional.

Ahora sería un buen momento –y así lo exigimos– para que el quiosco recobrara lo que la intencionalidad –en busca de resultados– de la ley antitabaco no ha conseguido, ni de cara a la salud pública ni de cara a las costumbres ciudadanas. Estamos en crisis y es una buena ocasión para –si la ley se va a modificar– rectificar discriminaciones evidentes.