Los cromos han sido, desde hace un buen puñado de años, distracción de pequeños y grandes. Y como todo aquello que es susceptible de cambiarse, comprarse o venderse, tiene su mercado que, en Valencia, está situado en la Plaza Redonda.
Así fue hace unas décadas, pero ahora es tan grande el número de adictos a los cromos, que el mercado se ha trasladado a la acera de la calle San Vicente donde está situada la iglesia de San Martín y hasta la plaza del pintor Mariano Benlliure.
La cosa comienza como a eso de las 10,30 de la mañana de los domingos y se alarga aproximadamente durante unas cuatro horas. Este año, como los anteriores, las grandes estrellas han sido los cromos de la liga de fútbol español. Otras colecciones están presentes, sí, pero el furor balompédico desencadenado por Panini, la verdad, no ha dejado muchos resquicios a las alternativas.
Todo nace en el quiosco, con la venta de sobres, y es precisamente ahí donde surgen los repes, cromos que hay que cambiar y que, por lo común, encuentran tres salidas: el colegio, el barrio y, por supuesto, la Plaza Redonda. Lo que ocurre es que en la Plaza Redonda, hay una dinámica añadida: los cromos, aparte de cambiarse, se compran y se venden. Así, no es de extrañar ver a chavales que venden sus cromos repes durante las dos primeras horas, para durante las dos restantes, comprar aquellos difíciles que se resisten a formar parte de sus colecciones.
No faltan, desde luego, los críticos que se oponen a esta suerte de zoco sin reglas fijas, pero éstos convendrán con nosotros que este tipo de negocios no tiene lo que se dice un excesivo recorrido financiero. Además, a nuestro juicio, las mañanas de los domingos de la Plaza Redonda poseen una virtud añadida nada desdeñable: por unas horas los chavales se olvidan de las play station y conviven de una manera sorprendentemente cívica y ordenada para la aglomeración existente.
Una vez más —y esta vez a través de los cromos—, se demuestra que los quioscos ayudan a crear entretenimiento y tejido social.





