Para los quiosqueros no hay mejor garantía que la presencia de sus parroquianos. Gracias a ellos el sector ha podido resistir todos los envites y embates a los que, con una irracionalidad que no acabamos muy bien de captar, nos vemos periódicamente sometidos. La última experiencia legislativa —antitabaco— es un buen ejemplo de lo que decimos.
Quienes hayan sido habituales de elkiosco.info —y, quienes no, pueden hacerlo a través de nuestra sección “Fue noticia”— saben perfectamente que las últimas acometidas de regulación comercial han sido de todo menos “bien recibidas” por un sector muy “tocado”. Como muy bien comentó nuestra presidenta Ana Valle en el discurso de la Cena de la Asociación, se nos ha tachado casi de delincuentes, “narcotraficantes tolerados”, dijo con todo acierto, en un artículo de fondo con fecha del 26 de marzo pasado.
También, parece ser, que los escaparates y estanterías de los quioscos son una suerte de “espejo social” en el que algunos ven una traslación de nuestra realidad social y otros pretenden que sea el reflejo de su modelo de sociedad. Pero el caso es que nuestros expositores no dejan indiferente a nadie: a los que se escandalizan con lo que hay y a los que, también, se quieren erigir en reguladores del producto en venta. Nos referimos a los que decían, antes, que no debíamos vender tabaco y a los que dicen, ahora, que las publicaciones eróticas deben desaparecer de nuestras vitrinas. No sabemos cómo se las arreglan, pero siempre es para prohibir venta, para restringir capacidad de negocio.
¿Es que nuestro futuro se tiene que ver necesariamente abocado a luchar contra la “Liga Anticaries”, que tratará de prohibir la venta de golosinas; contra la “Asociación Pro-Defensa de la Bicicleta”, empeñada en acabar con la venta del Bono-Bus; contra el “Foro No a las Apuestas”, tratando de que la diosa Fortuna se aleje de los quioscos con “máquina”…?
Esta reflexión viene a colación de una noticia aparecida días atrás en un periódico de León, en la que se venía a decir que no había que rasgarse tanto las vestiduras por la existencia en los quioscos de publicaciones con una cierta carga erótica, ya que los menores lo tienen muchísimo más fácil a través de internet o de la propia televisión digital. Por supuesto que estamos a favor del cumplimiento de la legislación vigente en cuanto a la protección de los menores —incluidos videojuegos y películas violentas o de apología e incitación a la delincuencia—, pero no a costa de señalar permanentemente al quiosco como ese Mefistófeles empecinado en alimentar permanentemente nuestros males sociales. ¡Déjennos respirar un poco…!
La realidad, empero, no deja lugar a dudas y parece claro que el quiosco jamás ha sido un centro de perversión de nuestra juventud; muy al contrario, ha sido el referente colectivo y lúdico por el que todos —absolutamente todos— hemos pasado en alguna época de nuestra vida. Que nadie se engañe: las publicaciones eróticas de los quioscos comparadas con todo lo que hay en las procelosas y profundas aguas de la red de redes, es algo así como poner en la misma balanza el zumbido de un mosquito y el rugido de un tigre de Bengala.
Ni drogas, ni sexo, señores… el quiosco es otra cosa: es una ventana al mundo donde no falta —donde no ha faltado nunca— la cordialidad y el sentido común de unos sacrificados profesionales. ¡Qué distinto de lo que se nos pretende hacer colar en los últimos tiempos!
Es triste reconocerlo, pero hay personas que ven al quiosco de prensa como al muñeco del pimpampum, como un espacio de experimentación con no se sabe muy bien qué objetivos. Para ellas, dos deseos envueltos de ruego: ¡Cuánto celebraríamos que ya no se sacaran más leyes que “protejan” no se sabe qué cosa! ¡Cuánto agradeceríamos que se acabarán las patadas al muñeco… al pan nuestro de cada día!