El punto de venta —no son lágrimas de cocodrilo— está sometido a muchas embestidas. Ora en forma de ruedas de molino, ora en forma de faena de aliño y media estocada, ora en forma de puenteo… Somos «necesarios» —dicen—, pero todos sabemos que eso son palabras, palabras que las más de las veces se lleva el viento de la cruda realidad.
El diario EL PAÍS —no son los únicos, ni los primeros, obviamente— se nos acaba de descolgar con una de esas «ideas» que marcan el milenio: «El País del suscriptor»… O sea, lo de siempre, con otro celofán: la enésima maniobra para quitarse de en medio ese incordio —«necesario»— que es el quiosquero.
Le envían al suscriptor EL PAÍS a casa y antes de una hora concreta —¿tenemos que creérnoslo?— y, para mayor escarnio, le ofrecen los mismos descuentos que a los profesionales de la venta de periódicos en coleccionables que, ¡faltaría más!, no pasan por el quiosco… ¿Para qué?