El quiosco ha sido hasta aquí, sobre todo en las grandes y medianas ciudades de la Europa occidental, una especie de «ágora» ?«miniágora cubierta» deberíamos decir? que han compartido y comparten ciudadanos de todas las edades y clases sociales.
Adultos, jóvenes, adolescentes y niños «caben» en el quiosco. Los bares, son espacio vedado de adultos. Los recreativos ?los «futbolines», así llamados hace tan sólo unas décadas? eran y son la Arcadia de los jóvenes y adolescentes. Los parques infantiles, el reino de los peques… El único «territorio neutral» en el barrio es el quiosco, ese sitio extraordinario donde podemos encontrar desde la chuche al tabaco; desde la revista «rosa» al más sofisticado coleccionable; desde quien sueña con una de «catorce» ?como cantaba el melancólico José Luis Perales?, a quien tiene la urgencia de una botella de agua mineral, un bolígrafo o una cartulina de color fucsia… no hay franja generacional, en efecto, que escape a la «exhuberancia» del quiosco.
En consecuencia, el quiosco es un «remanso de tranquilidad» en medio de este agitado mundo donde apenas hay espacio para unos minutos de tranquilidad, un lugar de encuentro que contribuye ?probablemente sin proponérselo? a crear «tejido social». ¿Sería muy pretencioso afirmar que, aparte de ser un imprescindible centro difusor de la información diaria impresa, los quioscos coadyuvan a serenar y cohesionar nuestros barrios y nuestras sociedades?
«Quiosco», una palabra un tanto rara
«Quiosco» es, sin duda, una de esas palabras que se atraviesan a los escolares de primaria.
?Mamá, ¿cómo se escribe… con «cu»… o con «ca»…?
Y mamá, por lo común, se queda pensando y, con toda probabilidad, recordando que esa misma pregunta la hizo ella a sus padres hace un buen puñado de años. Efectivamente, quiosco o kiosco, son palabras que no nos han llegado del latín y, en consecuencia, nos suenan de manera un tanto extraña.
Primitivamente quiosco, carpa y pabellón eran la misma cosa. Los persas llamaban «košk» a las carpas, palabra que en turco no cambiará mucho y sonará «kö?k». No se trata, pues, de una palabra venida, como hasta no hace mucho se creía, del extremo Oriente. Franceses e italianos se disputan su paternidad en nuestro continente y, así, mientras los franceses llamaron «kiosque» a unos sofisticados templetes rodeados de jardines, los italianos latinizaron aún más el término denominándolos «chiosco». En todos los casos, la palabra quiosco venía a ser sinónimo de «lugar cubierto para el esparcimiento y el encuentro».
El diccionario de la Real Academia Española da dos definiciones de quiosco. La primera es «templete o pabellón de estilo oriental y generalmente abierto por todos lados, que se construye en azoteas, jardines, etc., para descansar, tomar el fresco, recrear la vista y otros usos», en el que obviamente hace referencia a su inicial sentido; si bien, en una segunda entrada, lo define como «construcción pequeña que se instala en la calle o lugares públicos para vender en ella periódicos, flores, etc.». El diccionario acepta «kiosco» y, sin embargo, no admite «kiosko». Por último, hay que subrayar que el término quiosco se ha extendido tanto para nombrar las construcciones de vía pública, como para las plantas bajas de edificios que acogen estos singulares negocios.
¿Qué fue de la «paraeta»?
Quienes sobrepasen la cuarentena se habrán percatado, leyendo estas líneas, que la palabra valenciana equivalente a quiosco, «paraeta» ?que en castellano traduciríamos literalmente por «paradita»?, ha desaparecido casi por completo. No figura en los diccionarios convencionales de valenciano-castellano y tampoco en el sofisticado programa informático de traducción «Salt». «Paraeta» se ha convertido, sin duda, en una víctima más de esa modernidad empeñada empujar los idiomas hacia el peligroso territorio de la anorexia cultural.
Y sin embargo «paraeta» era ?o debería ser? una palabra autóctona a la que jamás debimos de renunciar: entrañable como pocas, henchida de musicalidad y en cuyos pliegues se esconden las gozosas razones de esa «paradita», de ese paréntesis lúdico que, extramuros de la no siempre cómoda cotidianeidad, se hacía para entrar en «otra dimensión».





