Hace días que los quioscos empezaron a poblarse de coleccionables que, a no tardar mucho, inundarán el poco espacio disponible de las estanterías y acabarán aterrizando —nunca mejor dicho— en el suelo de los locales. Cochecitos, relojes, DVDs, muñecas de porcelana, y casitas de nuestra vida —o, para ser exactos, de la vida de nuestros abuelos— orlarán el regreso vacacional, mientras cartones y plásticos acabarán en los contenedores correspondientes… ¡Esperemos!
Los grupos editoriales, con la maquinaria engrasada, ya han puesto en el punto de mira de su promoción al coleccionista. Pero, no nos engañemos: ese afán por el coleccionable tiene mucho de espejismo. La abrumadora mayoría de los clientes sólo comprarán los primeros números y las ofertas. Cuando lleguen a casa, empiecen a hacer números y multipliquen el precio de cada entrega por el total de entregas, casi todos se lo pensarán mejor y, con toda probabilidad, se echarán atrás. Suele ocurrir. En este momento, las ofertas y os precios-gancho que acompañan los números de lanzamiento son absolutamente tentadoras… luego, todas las previsiones tendrán que hacerse a la baja.
Habitualmente, entre el primer y tercer número de la colección aparecen las ofertas y las promociones con las que surge la ilusión, pero es a partir del cuarto o quinto número, cuando nos tropezamos con el coste real del producto, cuando el personal se desinfla y vienen los abandonos. ¡Normal! Los costes de las colecciones completas suelen oscilar entre los 300 y 600 euros, lo que no es moco de pavo. Muchos clientes, o se aburren de la colección, o se asustan del gasto justo en el momento en el que los bolsillos vienen temblando de la playa —o la montaña— y el hecho pertrechar a los peques para su particular batalla colegial supone un gasto estratosférico.
Ni siquiera deben obnubilarnos las campañas televisivas: son tan estruendosas como fugaces y duran lo que tardan en permanecer esos tres primeros números en el punto de venta. Lo cierto es que si en este país se hubiesen vendido todos los coleccionables que desde hace decenios nos prometen hablar un inglés más pulcro que el Anthony Hopkins, a estas alturas España haría años que estaría integrada en la Comenwelth.
Pero la cosa no falla siempre por el lado el cliente. Otro tema —¡y tema espinoso!— es el de la continuidad de los números. Cuando un cliente ha echado cuentas y, por fin, se ha decidido a llevar a cabo una colección y la encarga a su quiosco habitual, suele ocurrir que algunas editoriales no cumplen las fechas de envío, introducen incomprensibles saltos en el orden y, en algunos casos verdaderamente sangrantes, cortan la colección sin dar mayores explicaciones. Y es entonces cuando aparece la figura del quiosquero. Sin comerlo ni beberlo, el profesional se ve obligado a dar la cara y de ahí que no sean pocos los compañeros y compañeras que opten por evitar, en la medida de lo posible, los coleccionables, ya que su experiencia les dice que los problemas jamás dejan de planear alrededor del invento.
Parafraseando a los típicos trabalenguas podríamos convenir que, cada vez más, los coleccionables se han convertido en colecciones que muy pocos coleccionarán… O mejor aún, que el coleccionador que los coleccionase, buen coleccionador será.