Anda estos días la ministra de Sanidad muy tensa. Como quiera que el camello no entra por el ojo de la aguja alguien ha decidido que hay que «endurecer» la llamada «Ley antitabaco». Cuando una norma, que apenas si tiene un mes de vida, hay que estar apuntalándola a marchas forzadas en su más tierna infancia, eso significa que los vientos no acompañan. La «Ley antitabaco» puede que sacie alguna vanidad incontrolada y engorde algún idealismo trasnochado, pero dista mucho, a pesar de los tremendos esfuerzos que los mass media están invirtiendo en la cosa, de tener al españolito de a pie contento. Por experiencia de siglos —de milenios— sabemos que  las leyes que no nacen para apaciguar y para derramar justicia llevan en la frente grabada la fecha de caducidad. Y la «Ley antitabaco» no iba a ser una excepción.
Pero no sólo la ministra está disgustada con el rumbo que están tomando los acontecimientos. Toda una cohorte de antitabaquistas de salón han decidido apretar el acelerador con la vana esperanza de cuadricular la vida de sus conciudadanos, en el marco de una política de marcado marchamo intervencionista cuyos objetivos últimos no alcanzamos a comprender por mucho que nos estrujemos el caletre.
Uno de esos furibundos antitabaquistas es el hasta ahora desconocido para nosotros señor Rodrigo Córdoba. El señor Rodrigo Córdoba es presidente de un Comité Nacional para la Prevención del Tabaquismo, y tuvo a bien evacuar hace unos días, concretamente el 29 del pasado mes de enero, unas declaraciones que no tienen desperdicio y que a los quiosqueros nos preocupan porque el ramo es, pacífico y, si nos apuran, hasta pacifista. No hace falta subrayar aquí, por obvio, algo que todo el mundo sabe: los quiosqueros no son ni mineros ni camioneros. A lo mejor, si hubiéramos tenido el «salero» del que de vez en cuando hacen alarde mineros y camioneros, a estas alturas «alguien», con toda probabilidad, se habría reunido ya con las distintas Asociaciones del sector.
El señor Córdoba ha instado al gremio de quiosqueros a acatar la Ley de Medidas Sanitarias frente al Tabaquismo «con mayor tranquilidad» y los acusó, según recoge el portal  SIGLO XXI, en su edición del 1-2-2006, de haber «suministrado tabaco en el pasado a menores de edad». Según informa dicho medio de comunicación digital, el doctor Córdoba declaró que «los quiosqueros debían dar gracias de no haber sido sancionados con fuertes multas en el pasado, dado que han sido en muchos casos y durante muchos años los principales suministradores de los menores de edad». «No han comprendido —continua el señor Córdoba— que es imposible controlar una epidemia que causa 50.000 muertes inesperadas cada año sin reducir el consumo y los puntos de venta». Remata la faena el señor Córdoba con una perla cultivada que no tiene desperdicio: «Por otra parte, hay evidencia de que productos que habitualmente venden los quioscos están incrementando sus ventas, dado que el dinero que la gente no se gasta en tabaco lo utiliza en otros productos alternativos».
EL MUNDO, en su edición de papel, de ese mismo día, en su página 20, informa que el mencionado Comité denunció «maniobras» de un «lobby tabaquero», que debe ser la caraba pues es capaz, de una tacada, de «manipular» al gremio de la hostelería y «azuzar» (sic.) a los quiosqueros contra el Gobierno.
Por su parte, las ediciones de los portales TERRA y YAHOO! del 30-1-2006, también se hacen eco de declaraciones del señor Córdoba, y recogen unas afirmaciones suyas en las que incluso llega a afirmar que «el tabaco va a desaparecer de la vida pública», de ahí lo «inevitable» de la Ley. El señor Córdoba —leemos en TERRA, en concreto— consideró que los propietarios de los quioscos  «no han entendido que lo que hay que hacer es reducir los puntos de venta», ya que «no se puede pasar a la prohibición total». En este sentido, apostilló, que «a alguien le tenía que tocar la china».
Vamos por partes:
Primero. Los quiosqueros, señor Córdoba, estamos «tranquilos» o, para ser exactos, serenamente cabreados. Tanto es así, que ni siquiera nos hemos propuesto seriamente la toma de La Bastilla, y eso que muchos de los profesionales prevén pérdidas económicas que pueden llegar al 40%, y ya veremos cuántos son los quiosqueros que, antes del verano, van a tener que cambiar de profesión.
Segundo. No dudamos, señor Córdoba, que en el pasado haya habido algún quiosquero que vendiese cigarrillos a menores. Garbanzos negros hay en todas partes. Por no faltar, no faltan ni políticos corruptos ni médicos matarifes. Nos hubiera gustado, en cualquier caso, que el señor Córdoba, en lugar de generalizar hubiera dado nombres y apellidos, números de expedientes sancionadores y sentencias judiciales firmes. ¿El señor Córdoba los tiene? Y si los tiene, ¿podría hacerlos públicos? Sólo de esta manera, podríamos hacer una estadística fiable de los infanticidios cometidos en España por los quiosqueros «durante muchos años».
Tercero. Se pongan como se pongan los prohibicionistas, los quiosqueros no han sido, hasta el 31 de diciembre de 2005, una suerte de desaprensivos narcotraficantes. Se han limitado a vender un producto de curso legal, que sigue siendo legal y por cuya venta, los quiosqueros han tenido que pagar religiosamente sus tasas al Estado, Estado que ha mantenido —y mantiene… y mantendrá— un exhaustivo control sobre dicho producto y sus derivados.
Cuarto. Afirma el señor Córdoba que los quiosqueros no hemos comprendido que para pararle los pies a «una epidemia que causa 50.000 muertes inesperadas cada año» hay que reducir «puntos de venta». ¿Que si lo hemos comprendido, señor Córdoba? ¡Hombre de Dios! A pesar de que los ingenieros atómicos y los licenciados en griego clásico no son moneda común en el sector, aún estamos a cierta distancia del encefalograma plano. Las Asociaciones de quiosqueros han dicho, por activa y por pasiva, que están de acuerdo con el fondo de la «Ley antitabaco». En cualquier caso no somos los quiosqueros la causa directa y única de muertes por tabaquismo ni el tabaco que vendíamos nosotros tenía más cáncer que el que se vendía —y se sigue vendiendo… y se venderá— en bares, restaurantes y estancos.
Quinto. Lo de que «hay evidencia de que productos que habitualmente venden los quioscos están incrementando sus ventas, dado que el dinero que la gente no se gasta en tabaco lo utiliza en otros productos alternativos» es, simple y llanamente, disneylándico, permítasenos el neologismo. Si no fuera porque la situación de no pocos compañeros es dramática, la boutade del señor Córdoba hasta tendría su gracia. Ya nos gustaría, ya, ver alguna «evidencia» en forma de datos y, a ser posible, en forma de euros. La única «evidencia» que sí hemos podido constatar estas semanas es la alarmante caída de ventas, la disminución sensible de ingresos y la fuga clientes que, ante la certidumbre de no encontrar la cajetilla en el tradicional punto de venta, como era el quiosco, simple y llanamente los hemos perdido de vista.
Sexto. Vamos a ver, señor Córdoba, nosotros los quiosqueros somos bípedos, no chuchos a los que se «azuza» contra este u otro Gobierno. Hartos estamos de repetir hasta la saciedad que no somos anti PSOE. No es la política del PSOE la causa única de nuestro malestar, sino la de una clase política enterita, porque fue la clase política enterita —no se nos olvide— la que votó, en bloque, la «Ley antitabaco». Por lo que respecta a la APVPVP, según indica su primer apellido, es «profesional»; esto es, constituida por gentes de todos los colores políticos, de todas las sensibilidades sociales… pero, eso sí, se quejan al unísono cuando les pisotean, sin que éstos se paren a pensar en si las vacas les gusta comer margaritas o si las estrellas rielan sobre la mar en calma. ¿Usted cree, sinceramente, señor Córdoba, que necesitamos de algún «lobby tabaquero», para apercibirnos del atropello que se ha cometido con los quiosqueros y, en consecuencia, de tomar posiciones al respecto? Aunque sólo fuera por higiene intelectual, el señor Córdoba no debería haberse metido en este charco.
Séptimo. Afirma el señor Córdoba que los quiosqueros «no han entendido que lo que hay que hacer es reducir los puntos de venta», ya que «no se puede pasar a la prohibición total», para luego remachar con un inquietante «a alguien le tenía que tocar la china». Esto es muy, muy, pero que muy preocupante. No es la primera vez que hemos oído que lo que se ha producido con la «Ley antitabaco» es, de facto, una reconversión, una reconversión salvaje encubierta para más señas. Aunque el señor Córdoba no lo diga, sus palabras nos llevan a ese punto fatídico. ¿Por qué no se puede pasar a la «prohibición total»? ¿Qué lo impide a pesar de que estemos «frente una epidemia que causa 50.000 muertes inesperadas cada año»? ¿Es, acaso, la llamada «Ley antitabaco» la punta de lanza de una cruzada emprendida por almas candorosas para salvarnos de Sodoma y Gomorra o, por contra, estamos ante una concentración económica —pura y dura— que atenta directamente contra la libertad de comercio? ¿Qué es exactamente eso, señor Córdoba, de «tocar la china»? ¿Se ha puesto a los quiosqueros a los pies de los caballos como consecuencia de un sincrético y macabro sorteo? A los quiosqueros y a las Asociaciones que los representan nos agradaría que algún responsable ministerial despejara, si no todos, sí al menos algunos interrogantes.
Probablemente, el señor Córdoba, al hacer ese tipo de declaraciones pensó que contribuirían eficazmente al desarme de esos quiosqueros revoltosos y aguafiestas. Quíteselo de la cabeza, señor Córdoba. Es más, creemos que cuantos más señores Córdoba aparezcan en la arena pública, tanto mejor. Cuantos más ramalazos orwellianos y más descarnado sea el discurso prohibicionista, antes naufragará el actual ordenamiento legal. La gente —y los quiosqueros somos gente, señor Córdoba—, después de treinta años de democracia le hemos cogido el gustillo a eso de la libertad. ¡Nos gusta la libertad, qué puñetas! Y fíjese, señor Córdoba, si estamos convencidos y esperanzados, que hasta una botella de cava hemos metido en la fresquera…

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