Vender periódicos en las calles fue durante mucho tiempo una ocupación ligada a situaciones de desamparo. En España, sólo a principios del siglo XX, cuando comenzaron a consolidarse algunas asociaciones de vendedores de reciente creación, se pusieron en marcha con eficacia los mecanismos de socorro mutuo que en otros oficios venían funcionando desde tiempo atrás. La posibilidad de dirigirse a las empresas periodísticas y las instituciones con una voz común representaba entre otras cosas una fuera poco conocida, aunque limitada, permitiendo al mismo tiempo que los vendedores percibieran la verdadera importancia de su trabajo.

El punto de partida respecto a la consideración social de los voceadores de prensa y sus condiciones generales de vida no podía ser más desolador. El oficio se nutrió durante mucho tiempo de marginados de todo tipo, que coincidían en el desamparo económico derivado de distintas circunstancias.

Nacía en Madrid en 1902 la Sociedad benéfica de vendedores de periódicos e impresos para asombro de quienes veían en ella la vieja posibilidad de convertir aquella ocupación en una industria bien organizada.

Abundaban los niños desatendidos o huérfanos, los ancianos y los ciegos e impedidos de distinto género. Por ejemplo, la condición femenina no hacía sino agravar un arrinconamiento social que ya era de por sí acentuado, pesando a menudo sobre la voceadora algún tipo de sospecha de ejercer la prostitución, en una labor que no podía sustraerse al roce con distintas personas y el tránsito callejero.

Si además aquélla comerciaba con revistas subidas de tono, aun cuando desconociera por completo su contenido, el campo parecía abonado para recibir las más atrevidas proposiciones. Y en todo caso, la discriminación de género lejos de acabar aquí podía volcarse también en la propia actividad asociativa. La sociedad de vendedores de Madrid, que sumaba en sus inicios una minoría de 23 mujeres de un total de 160 asociados, recogía en su reglamento la admisión de vendedoras, pero negándoles el derecho a voz y voto.

El desempeño del oficio era extremadamente duro, sobre todo para los vendedores que carecían de puesto fijo. Lógicamente existían categorías y situaciones muy distintas, desde el trabajador que tenía un quiosco en propiedad hasta el que no contaba más que con unas monedas para hacerse con unas “manos” (suma de 25 ejemplares) que debía tratar de vender antes de que perdieran actualidad.

Durante las primeras décadas del siglo surgieron sociedades de vendedores de periódicos en distintos puntos de España, agrupándose bajo eta denominación los trabajadores dedicados a la venta en quioscos y los ambulantes, además, en algunos casos, de los repartidores de suscripciones a domicilio.

El asociacionismo representó también una vía para organizar la venta o solventar diferencias y sobre todo permitió que los vendedores hablaran con una sola voz como sujeto colectivo.

Boicots, conflictos con diferentes cabeceras y editores, diferencias surgidas por el horario de salida del periódico, por ejemplo, rechazar la venta de determinados periódicos por su contenido político y social, fueron la tónica general de esas décadas, pero se puede concluir que partiendo de unas condiciones de vida lamentables en la mayoría de los casos, los vendedores de prensa se contaron entre los últimos implicados en el proceso de la comunicación periodística en asociarse de forma estable.

(Texto de D. Victor Rodríguez Infiesta. Año 2008-2009 de la Universidad de Oviedo)