Durante años, por no decir décadas, los españoles nos hemos dedicado a arrojar al fuego de las ideas, entre otras, aquella que habla de «corporativismo» como si, en realidad, cualquier manifestación de comunitarismo fuera una alocada estupidez o incluso una herejía, sin reflexionar en el sentido de que una democracia auténtica es precisamente aquella que no está encorsetada por «pensamientos únicos», si no la que fomenta la pluralidad y el contraste de pareceres. La enfermedad consiste justamente en lo contrario: una democracia que se entrega de manera unívoca a los brazos del dogma individualista, sin alternativas, es una democracia restrictiva, anómala, seriamente dañada.
Todo lo que se cuece alrededor de la llamada «Ley antitabaco» constituye un perfecto ejemplo de lo que decimos y pone sobre el tapete una realidad incuestionable. Dejando al margen las razones sanitarias que esgrime el poder —y la oposición, al unísono— y con las que básicamente estamos de acuerdo, lo cierto es que la nueva legislación ha caído sobre las espaldas del sector de la venta de prensa por la sencilla razón de que era —es— un sector económico amplísimo, pero con evidentes y alarmantes síntomas de debilidad.
¿A qué se debe esta debilidad? El gobierno de la nación debió barajar los «costes políticos» de una decisión de tamaña envergadura y, sin duda, su previsión —acertada— fue que debían ser los quiosqueros quienes mejor encajarían el «palo». ¿Cuál era el sector más desprotegido, menos corporativista y que, al fin y a la postre, presentaría menos resistencias y levantaría menos jaleo mediático? ¿Los estancos? Ni tocarlos… ¿Bares y restaurantes? Abracadabrantes apaños… ¿Quioscos? ¡Bingo!
Las medidas sanitarias que subyacen en el fondo de la cosa están orladas con un grado de hipocresía rayano en el esperpento. Si lo que se quiere es que el conjunto de la ciudadanía coadyuve a erradicar el tabaquismo y que los españoles tengamos un mayor grado de salud, ¿por qué no se restringe de manera severa su consumo? Si el tabaco es, como afirman algunos apóstoles del prohibicionismo, una «droga dañina», ¿por qué no se prohíbe sin más? El tabaco que hasta la noche de San Silvestre se expendía en los quioscos, ¿tenía «más cáncer» que el que ahora se vende, por ejemplo, en bares y restaurantes que, dicho sea de paso, sí han tenido la «oportunidad» que a los quioscos se nos ha negado desde el primer momento?
Lo de la «Ley antitabaco» nos recuerda mucho a aquella suerte de astracanada en la que una familia ricachona, venida a menos, se reunió, alarmada, para tratar de enderezar su maltrecha economía y, por unanimidad, decidió que el loro dejaría de ser alimentado con chocolate para, a partir de ese trascendental momento, suministrarle una dieta de… pipas de girasol. La mala fe y el cinismo superan todos los límites cuando en todo este embrollo, los políticos, muy liberales ellos, muy enemigos de todo aquello que recuerde —aunque sea vagamente— a prácticas corporativas de un pasado innombrable, no renuncian a mecanismos que sí huelen a alcanfor como lo son los apaños monopolísticos, entre ellos el referidos al tabaco y productos derivados. Curiosos liberales y curiosa libertad de mercado. Corporativismos, no; monopolios, sí… ¡Vaya, vaya!
Si los quiosqueros son los paganos —prácticamente los únicos perjudicados por la aplicación de la «Ley antitabaco»—, de tal manera que no es en absoluto inexacta la idea de que en lugar de una «Ley antitabaco» podamos referirnos sin temor a errar a una «Ley antiquiosco», no se debe tanto a la fuerza de los poderes públicos y su descarada querencia al «pensamiento único» como a nuestras propias brechas, a nuestra magra cohesión y a un inquietante individualismo que ha penetrado en el sector y, por lo visto, ha hecho auténticos estragos.
Lo peor que podría ocurrir a los quiosqueros, sin embargo, sería entrar en una dinámica de masoquismos y ciegas polémicas. Un buen puñado de años de compañerismos de atrezzo trae, como lógica consecuencia, estos lodos: una respuesta limitadísima, por no decir testimonial, a la agresión. Pero, además, lanzar piedras sobre nuestro propio tejado sería, aparte de pueril e inútil, avalar indirectamente la estrategia del gobierno. Las Asociaciones profesionales del sector han hecho lo que han podido y se han movilizado hasta donde sus propios miembros les han dejado. Nos atreveríamos a decir que incluso han ido más allá y, además, con unos medios, las más de las veces, muy precarios. El profesional tiene que mentalizarse de que las Asociaciones, en general, y la APVPV, en particular, no son estructuras «caídas del cielo», sino la expresión de la voluntad de todos y cada uno de los profesionales. A mayores dosis de desvinculación del profesional de las estructuras asociativas, menor cohesión y capacidad de respuesta. A menores dosis corporativistas, mayor capacidad del «enemigo» para pisotearnos.
Los profesionales deben, si es que de verdad creen en el bienestar de sus familias y en el futuro de sus negocios, hacerse esta inesquivable a la par que sencilla pregunta: ¿qué he hecho yo por la Asociación? O, si lo prefiere, puede planteársela de esta otra manera: ¿Qué he hecho yo, a través de la Asociación, por mí?
No queremos cerrar estos párrafos sin antes hacer una última reflexión que, a pesar de la densa polvareda que ha provocado la «Ley antitabaco», no podemos dejar de apuntar aunque sea sucintamente. Si el poder ha visto que hemos encajado el golpe sin ningún desgaste para ellos, ¿acaso no tendrá la tentación de seguir teniéndonos como «blanco» de futuros disparates? ¿Puede alguien creer que si los quiosqueros no son capaces de fortalecer sus estructuras corporativas, el gobierno —este u otro— va a impedir a locutorios, gasolineras, repartidores de prensa gratuita y hasta panaderías que nos sigan «invadiendo» de manera descarada e impune?
El actual escenario no es el «estado natural» de las cosas. Cambiémoslo. Pero para cambiarlo, empecemos por asumir nuestro grado de responsabilidad y compromiso, e interioricemos —de una vez por todas— la idea de que unidad y fuerza van siempre de la mano.

elkiosco.info